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... de la Red |
-- Pronto, date prisa, vístete.
Nuestro capitán quiere que te salvemos. No tienes culpa de que te
hayan encausado; eres totalmente inocente: lo sabemos. Hemos venido
para sacarte de este lugar antes de que te maten.
-- ¿Quiénes sois? No es la primera
vez que aparecéis por aquí. Siempre lo mismo: estoy harto de soñar
con salir de esta ratonera antes de que me liquiden. ¡Promesas, nada
más que promesas! Y luego al final mira en que se quedan.
Se fijó en el hombrecillo sosteniendo
una brillante bola metálica en la mano derecha; y en la izquierda,
una pistolita que parecía de juguete, la cual agitaba enérgicamente
en el aire mientras hablaba con nerviosismo. Por un momento aquella
escena le pareció una broma de muy mal gusto.
-- Vuelvo a preguntaros: ¿quiénes
sois?
-- ¿No me reconoces, Brus? --dijo el
hombrecillo.
-- Ahora que me fijo bien, tengo una
imagen borrosa de ti, como si te hubiese visto en sueños.
--Respondió Brus algo desconcertado.
-- Soy Malcom, tu amigo Malcom. ¿No
te acuerdas de mí? Hemos hecho tantas fechoría juntos, que más te
vale no acordarte; algunas no son aptas para contar.
El hombrecillo hablaba mientras
valiéndose de una rara habilidad hacía rebotar la bola metálica
sobre las paredes de la pequeña habitación; pero Brus comprobó que
no se producía ruido alguno cuando ésta estallaba hasta abombarse
para luego recuperar de nuevo su forma. Nada hacía temer que pudiera
despertarse la atención de los guardias del recinto.
-- ¡Pero no veis que esta es la única
ropa que me han dado! ¿Y encima queréis que me vista? Lo que yo
digo: alucino en colores.
-- Brus, tú siempre tan protestón.
Cuando éramos cadetes en la Escuela Militar de Felicity te daban dos
patadas allí mismo cada vez que teníamos que levantarnos a las
cinco de la madrugada para hacer maniobras.
-- Ya sabes, endemoniada criatura, ya
me voy acordando de ti, que entré allí por imposición de mis
padres. Y así me ha ido, pues de esta no salgo.
-- ¡Tontería: te vamos a sacar ahora
mismo!
El amigo Malcom, extendió su mano
derecha sin soltar aquella bola magnética y se la ofreció a Brus,
que en seguida notó un fuerte tirón, una dura sacudida que le
pareció que lo levantaba de su cama hasta elevarlo en el aire; y eso
fue todo. De pronto despertó de aquel extraño sueño, tantas veces
soñado, y vio de nuevo al hombrecillo que esta vez vestía de
uniforme gris, gorra, pistola en el cinto y lo agarraba con su mano
derecha. Ya no portaba aquella mágica bola brillante que hacia
rebotar con fruición contra las paredes de su habitación; pues algo
más consciente pudo comprobar, no sin cierta contrariedad, que
seguía hallándose en la celda que ocupaba desde siempre en una
cárcel estatal. Estaba allí por haber matado a un hombre hacia
cinco años en una pelea de bar, cuando aún era cadete. Nunca llegó
a graduarse, como querían sus padres, y terminó siendo un preso al
que hoy, justo a las cinco de la madrugada, iban a ejecutar en la
silla eléctrica.
Brus contempló por última vez al
hombrecillo, al que apodaban así por su pequeña estatura y su
aspecto de joven barbilampiño, mientras éste se dirigía a él y le
decía en tono firme:
-- Vamos Brus, llegó la hora...
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