miércoles, 2 de mayo de 2018

Albert, el Tiempo y la Muerte


... de la Red

            "No tengas prisa -se dijo-. El tiempo puede pararse, pues es sólo una ilusión en tu cabeza". Ahora recuerda lo que aquel anciano le contó:
            -- "Hijo mío: ante los caminos de la Vida, reserva tus fuerzas y protégete de los peligros que acechan, que son muchos. Y de todas maneras, aprende a sacarle todo el partido que puedas al Tiempo, pues aunque es un imponderable, mientras estés con él, también él estará contigo: así podrás usarlo en tu beneficio. Ten siempre presente que el reloj marca las horas hacia delante, mas si sabes pararlo a tiempo, entre uno y otro instante, podrás engañar a la Muerte, que se esconde tras el Tiempo.
            Cada vez que la Muerte venga a tu encuentro -óyeme lo que te digo-: "para el Tiempo". Él es quien domina todos los acontecimientos que existen, han existido o existirán; de modo que al silenciarlo, nada podrá moverse hacia adelante, que es su sino; y al no hacerlo, ninguna acción ni noble ni maldita llegará a florecer. Y aunque la Muerte está por encima de la mundana existencia, no puede sin embargo, soslayar tampoco el Tiempo: por eso vive aferrada a éste, pegada a su Carro de Batalla, por más que se quede inmóvil. Lo terrible -atiéndeme- es que nada más que el Carro comience a girar, segundo a segundo, con él se pone en marcha la Muerte. Por tanto, ya sabes que debes hacer cuando esto ocurra"
            Y pasó mucho y mucho tiempo... Y Albert, que así se llamaba el joven, pudo llegar a ser un viejo, esquivando con gran fortuna a la Muerte.
            Pero un día, al atardecer, se sintió enormemente cansado, de modo que su cuerpo, exhausto por sufrir tantos avatares, le hablo:
            -- Yo, que en cierto modo soy tú, siento que me muero, y me tengo que morir.
            -- Lo sé -contestó Albert entristecido-, pero yo no quiero.
            Se sentó en el balcón de su casa a contemplar la caida de la tarde y cuando más extasiado estaba, una oscura sombra se plantó delante de él.
            -- Soy la Muerte, Albert, y he venido a llevarte conmigo.
            -- No podrás hacerlo -se envalentonó- porque yo conozco los secretos del Tiempo y puedo controlarlo a mi antojo.
            -- ¡Qué iluso eres! ¿Acaso no sabes que ese anciano que viste en tu juventud te engañó? ¿Por boca de quién crees que hablaba?
            -- ¡No puedo creerlo! ¿Eras acaso tú, la Muerte, quien me hablaba?
            -- Cierto, Albert. Y no sólo eso, tengo que decirte aún una cosa mucho más importante; éste es mi secreto, que a todos descubro cuando vengo a llevármelos para siempre: el Tiempo y la Muerte son una misma Cosa, un mismo Ente. ¿Por qué crees que el anciano te decía que existo pegada a su Carro de Batallas? Te engañé, Albert, como siempre os engaño a todos vosotros, incautos seres humanos. No obstante, como me caes bien desde que te vi nacer, quiero concederte un último deseo antes de darte la muerte.
            -- De acuerdo, Muerte invencible, te hablaré de la misma forma en que el humilde Diógenes lo hiciera con el Magno Alejandro. Y como a éste le dijo, a Ti te digo:
            -- Apártate de mi presencia, al menos por unos instantes, que me quitas los últimos rayos del Sol. Deja que pueda acariciarlos con mi vista antes de que se apaguen para siempre, y con ellos mi propia vida.
            Y la Muerte, con su rotunda voz de ultratumba, contestó:
            -- ¡Así sea!




martes, 23 de enero de 2018

El día de la liberación


... de la Red

-- Pronto, date prisa, vístete. Nuestro capitán quiere que te salvemos. No tienes culpa de que te hayan encausado; eres totalmente inocente: lo sabemos. Hemos venido para sacarte de este lugar antes de que te maten.
-- ¿Quiénes sois? No es la primera vez que aparecéis por aquí. Siempre lo mismo: estoy harto de soñar con salir de esta ratonera antes de que me liquiden. ¡Promesas, nada más que promesas! Y luego al final mira en que se quedan.
Se fijó en el hombrecillo sosteniendo una brillante bola metálica en la mano derecha; y en la izquierda, una pistolita que parecía de juguete, la cual agitaba enérgicamente en el aire mientras hablaba con nerviosismo. Por un momento aquella escena le pareció una broma de muy mal gusto.
-- Vuelvo a preguntaros: ¿quiénes sois?
-- ¿No me reconoces, Brus? --dijo el hombrecillo.
-- Ahora que me fijo bien, tengo una imagen borrosa de ti, como si te hubiese visto en sueños. --Respondió Brus algo desconcertado.
-- Soy Malcom, tu amigo Malcom. ¿No te acuerdas de mí? Hemos hecho tantas fechoría juntos, que más te vale no acordarte; algunas no son aptas para contar.
El hombrecillo hablaba mientras valiéndose de una rara habilidad hacía rebotar la bola metálica sobre las paredes de la pequeña habitación; pero Brus comprobó que no se producía ruido alguno cuando ésta estallaba hasta abombarse para luego recuperar de nuevo su forma. Nada hacía temer que pudiera despertarse la atención de los guardias del recinto.
-- ¡Pero no veis que esta es la única ropa que me han dado! ¿Y encima queréis que me vista? Lo que yo digo: alucino en colores.
-- Brus, tú siempre tan protestón. Cuando éramos cadetes en la Escuela Militar de Felicity te daban dos patadas allí mismo cada vez que teníamos que levantarnos a las cinco de la madrugada para hacer maniobras.
-- Ya sabes, endemoniada criatura, ya me voy acordando de ti, que entré allí por imposición de mis padres. Y así me ha ido, pues de esta no salgo.
-- ¡Tontería: te vamos a sacar ahora mismo!
El amigo Malcom, extendió su mano derecha sin soltar aquella bola magnética y se la ofreció a Brus, que en seguida notó un fuerte tirón, una dura sacudida que le pareció que lo levantaba de su cama hasta elevarlo en el aire; y eso fue todo. De pronto despertó de aquel extraño sueño, tantas veces soñado, y vio de nuevo al hombrecillo que esta vez vestía de uniforme gris, gorra, pistola en el cinto y lo agarraba con su mano derecha. Ya no portaba aquella mágica bola brillante que hacia rebotar con fruición contra las paredes de su habitación; pues algo más consciente pudo comprobar, no sin cierta contrariedad, que seguía hallándose en la celda que ocupaba desde siempre en una cárcel estatal. Estaba allí por haber matado a un hombre hacia cinco años en una pelea de bar, cuando aún era cadete. Nunca llegó a graduarse, como querían sus padres, y terminó siendo un preso al que hoy, justo a las cinco de la madrugada, iban a ejecutar en la silla eléctrica.
Brus contempló por última vez al hombrecillo, al que apodaban así por su pequeña estatura y su aspecto de joven barbilampiño, mientras éste se dirigía a él y le decía en tono firme:
-- Vamos Brus, llegó la hora...


                                      



miércoles, 10 de enero de 2018

Una carrera con corazón



... de la Red

             Mi abuelo Anselmo tenía la maldita costumbre -maldita sí, siento decirlo- de hacer siempre lo que se le metía entre ceja y ceja, pues era más terco que una mula. Y no lo digo yo, lo decía mi padre, que lo sufrió en carnes, incluso mi madre que en paz descanse; lo decían igualmente sus hermanos, especialmente su hermana Elvira, que lo quería más que a las niñas de sus ojos; y ahora, con conocimiento de causa, lo reafirmo yo mismo, su nieto Mario, el que escribe este breve relato frisando ya la edad de sesenta años.
            Todo cuanto demostraba de montaraz y tozudo, de atrevido, lo contrarrestaba con creces con su natural bondad, claro está que para llegar a las sedosas y tranquilas aguas de ese lago había que navegar muchas veces, casi siempre, a contracorriente, incluso con marejada a punto de convertirse en galerna, que así era este abuelo mío, al que recuerdo con gran cariño.
            No es nada extensa ni complicada esta historia que quiero contaros, que suelen ser así, por lo natural, las cosas que suceden entre un nieto y un abuelo; pero he de reconocer que tampoco los hechos podrían ser dibujados con un simple trazo de tiralíneas, que las cuestiones del alma tienen formas sinuosas, como la misma curvatura de nuestro corazón. Y de eso se trata, para ser más exactos: de una carrera con corazón.
            Los acontecimientos se iniciaron, como el que no quiere la cosa, casi por azar, supongo, un pensar y hacer, un arrojo movido por la inconsciencia de un abuelo queriendo demostrar a su nieto que aún le queda algo de sangre de deportista en sus venas; el recuerdo de aquel corredor aficionado al ciclismo que ganó en más de una ocasión alguna que otra medalla por carreras realizadas en los alrededores de su pueblo, incluso en su comarca, una vez  campeón regional de ciclismo de montaña de Asturias, allá por el año 1905.
            Era un sábado como otro cualquiera, en el inicio del verano, y mi abuelo solía visitarnos casi siempre alrededor del mediodía. Lo habitual en él consistía  en tomarse nada más llegar un café bien caliente y cargado que le preparaba mi madre, pues a pesar de sus años, y no siendo nada recomendable, seguía sintiendo una fuerte atracción por la cafeína, generalmente a esas horas. Sin embargo, aquel sábado, no podríamos considerarlo uno más, no vino solo sino acompañado de su vieja bicicleta de carreras, su "querida Enriqueta", como él la llamaba, en honor a su mujer, mi abuela paterna, por la que sintió a lo largo de toda su vida, hasta su temprano fallecimiento, un fervor especial.
            No mucho más habría que decir acerca de la pequeña aventura que arranca a partir de aquí, si no hubiese sido porque acabó en tragedia: así de cruel es a veces la vida. Pero retomemos de nuevo esta historia.
            Nada más beberse el café en nuestra presencia, habiendo compartido un rato de amena charla, se dirigió a mí y me dijo:
            -- ¡Venga, Mario, coge tu bicicleta, que vamos a subirnos esa cuestecita que tu y yo conocemos tan bien.
            -- Estas seguro, abuelo, mira que a estas horas y en estas fechas ya, el calor comienza a apretar --contesté sumido en una oscura preocupación.
            -- ¡Se lo estás diciendo, acaso, a un curtido corredor como yo, con este pedazo de bicicleta hecha con fibra del corazón! --exclamó exuberante.
            -- Papá --intervino mi padre--, coincido con tu nieto Mario; no lo veo prudente.
            -- ¡Tonterías, no ves que todavía soy un chiquillo!
            -- Anselmo, haz caso a tu hijo y no seas testarudo --terció mi madre.
            Pero como era de prever, todo fue imposible. Se subió a su bicicleta y me espetó: "¡a qué esperas, cobardica!"
            La Cuesta de las Moras, así llamada por la abundancia que de este arbusto florecía junto a los márgenes de sus frondosas laderas, no tenía una pendiente excesivamente pronunciada. La conocíamos perfectamente y su recorrido no era mucho mayor de trescientos metros; no obstante, aún así había que contar con otras variables, pues el día se mostraba excesivamente caluroso y la edad de mi abuelo, a sus setenta años cumplidos, no podía considerarse ninguna ventaja.
            Así que yo, intuyendo el potencial riego que podría sobrevenirnos, me adelanté hasta colocarme en cabeza, no sin antes advertirle que me siguiera, pero sin apurar, que el objetivo no era otro que subir para contemplar desde arriba el hermoso panorama del pueblo y su recoleto valle. Ninguna de mis observaciones hizo su efecto, y a los pocos minutos lo tenía a mi altura en paralelo, esforzándose por adelantarme.
            -- ¡Abuelo. baja el ritmo --le grité--, por favor, te vas a agotar en el intento; no te conviene.
            -- Esta cuesta me la ventilaba yo cuando tenía sólo doce años --replicó en un tono que advertí tembloroso en su voz.
            -- Pero ahora no los...
            No me dio tiempo a acabar la frase, pues como él pretendía hacer el adelantamiento por mi lado derecho, esprintando, cayó en ese mismo instante de bruces sobre la estrecha cuneta de la carretera.
            --¡Abuelo, te lo dije: eres un testarudo incorregible! Voy a ayudarte a que te levantes y regresamos de inmediato a casa.
            Pero nada más pude hacer por él, sólo ver como moría en mis brazos
            -- Mario, hijo mío, me voy; tu abuela Enriqueta me está llamando... --fueron sus última palabras.
            --¡Maldita sea, abuelo, te lo advertí!
            Ningún otro sonido más pude percibir; solo la quietud silenciosa de aquel lugar y mi agitada respiración mientras observaba el cuerpo de mi abuelo Anselmo, caído sobre la cuneta y ya sin vida.
            El resto no merece la pena ser contado ni recordado. Al día siguiente, celebramos la misa de difuntos y lo enterramos en el pequeño cementerio de su pueblo natal. Y así, simplemente, de una feroz bofetada, acabó su vida, que ninguna otra explicación podríamos dar a los avatares que la mano del Destino maneja; sólo servirle como fiel escribano de esta negra crónica que acabo de relataros.
                                    

lunes, 8 de enero de 2018

"Tócala otra vez, San"


 
... de la Red


             Hoy he visitado el Café de siempre: mi preferido. Pero lo he hallado casi vacío, sólo algunos parroquianos de media mañana charlaban plácidamente mientras disfrutaban de un café o una copa de bourbon. Y he de reconocer que miraba ansiosamente hacia un lado y otro del amplio salón por si aparecías. Me entretuve contemplando las volutas del humo de los cigarrillos que me parecían que dibujaban tu cuerpo al compás de la música de aquel piano que tocaba una lánguida melodía reconocible. No era esa exactamente, pero a mi mente llegaron de pronto las imágenes de la película Casablanca. En un segundo plano, por un insospechado prodigio de mi mente, logré tararear al mismo tiempo y sin perder el ritmo las emotivas notas de aquel otro piano. Las memorables palabras de Lisa Lund diciendo "Tócala otra vez, San" , o "Tócala una vez", "Tócala San", resonaron en mi cabeza, justo en el momento en que tú apareciste tras la barra del Moonlight: ahora sí digo el nombre del establecimiento en el que me refugio todas las mañanas para intentar poder verte. No siempre es posible lograrlo, aunque hoy sí lo he conseguido, y acompañado por el golpeteo de dedos sobre las teclas de un viejo piano, mi alma ha sobrevolado como un volcán de delirantes emociones con cada una de las notas de esa canción.
            Cuando has hecho acto de presencia, me has dedicado una sonrisa de complicidad como otras veces en que te apetece decirme algo y no puedes hacerlo porque tu jefe te vigila y espera que hables lo justo con los clientes. Yo no soy obviamente Rick Blaine, pero en una ocasión especial como ésta estoy dispuesto a creérmelo. Mira si es así que acabo de encender un cigarrillo Malboro para convertirme por un instante en Humphrey Bogart e incluso morir de amor por ti; aunque tú no lo sepas, ni siquiera lo sospeches. Ahora mismo te sigo mirando y mientras doy constantes caladas a este cigarrillo que mantengo entre mis dedos me parece que estoy junto a ti en el Café de Rick, pero como a él mismo le sucede, inevitablemente te me escapas, y ese es mi triste dilema, no en la gran pantalla sino en esta dura realidad que me ha tocado vivir. "Tócala otra vez, San --me digo a mí mismo--, que mientras sigan sonando esas prodigiosas notas de piano podré mantenerla a mi lado unos segundos más, aunque sé que sólo ha de ser un sueño".


                                         
 

sábado, 23 de diciembre de 2017

La Música del Corazón (Bao: el Monje Lego)


... de la Red


Bao, un monje lego recién llegado al monasterio colgante de Datong, preguntó a su maestro Chang:

--Maestro: ¿por qué estoy algunas veces triste y otras alegre?
--Hijo mío, eso es porque no has afinado el instrumento del corazón.

--No lo entiendo, Maestro Chang. ¿Acaso dentro del corazón puede habitar la música?
--Cierto. El Mundo lleva dentro de sí armonía y desarmonía y nosotros igualmente, al ser partes de él. ¿Pero cómo saberlo cuando somos tan ignorantes? Vivimos sin pensar en que vivimos y eso no es bueno, pues de dicha ignorancia nace la desarmonía, esa que tú a veces sientes.
-- Maestro: a mí me parece todo eso un pensamiento demasiado confuso.

--Ya te diré, Bao, como habrás de aclararlo. Pero primero vayamos a la fuente del problema: el instrumento con el que es posible interpretar la música del Mundo, pues sabido es que el Universo está hecho de música que podamos tocar haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón.
-- No siento yo que mi corazón tenga cuerdas por dentro.
--Pues las tiene, lego Bao. Son sutiles, pero aún así puedes tocarlas.
--¿Con las manos Maestro, supongo que no?
--Desde luego que no; en eso aciertas, monje. Que dentro del corazón no hay cuerdas que vibren, más aún así, éste es capaz de vibrar.
--Querido Maestro Chang: mi confusión no sólo disminuye, sino que al contrario va en aumento.
--Paciencia, lego mío, que andando se llega al final del camino; que si el camino tiene un inicio, seguro habrá de tener también un final.
--En ello estoy, Maestro, pues quiero saberlo todo.
--En eso no llevas razón, monje Bao, que ni yo mismo conozco ese Todo al que te refieres. Pero prosigamos. Atiéndeme, lego:
--Los instrumentos y la música que con ellos se interpreta no fueron hechos para emocionar al corazón, sino que todos ellos no son más que un pálido reflejo de las notas que éste les otorga y por el cual cobran vida; pues de no existir la música del Corazón ninguno de ellos habría visto nunca la luz.
--Ahora, Maestro Chang, mi perplejidad aumenta más, aunque empiezo a ver algo de claridad a lo lejos.
--Lo sé bien, lego, pues pronto llegarás al final de ese camino del que te hablado y podrás obtener la respuesta que buscas. Escúchame con atención:
Cada instrumento de cuerda -tomemos, por ejemplo, uno como el yangqin- consta de una base que es su caja de resonancia y sobre ella se extienden las cuerdas metálicas de distintas longitudes, que vibran y entregan diferentes notas al ser accionadas por las manos del músico.
--Cierto, Maestro, lo he visto hacer. ¿Pero qué tiene eso que ver con mi corazón?
--Ay, incrédulo monje lego! Aún no has llegado al final del camino y sigues dudando de mis palabras.
--Maestro Chang, yo sólo quería decir...
--La ignorancia te ciega. Lo tienes dentro de ti mismo y no lo sientes.
--El corazón del ser humano es el instrumento más delicado de todos cuantos existen. Y sí, tiene su caja de resonancia que mueve al cuerpo entero y sus cuerdas hechas de sutiles emociones, cuyas notas son los sentimientos, pueden entonar tristes o alegres melodías, todo depende de la mente de la persona que las toca: el músico quien compone e interpreta la melodía.
--Ahora comprendo por fin, Maestro Chang, por qué a veces estoy triste y otras alegres.
--Pues te diré algo más, monje Bao. Para que tan bello y delicado instrumento suene bien es preciso que sea afinado con devoción y empeño, y eso sólo puede lograrse cuando nuestra mente se halla en silencio. Justo ahí, en el silencio de esa maravillosa caja de resonancia, yace la música del Corazón: una música que ya no es música, un sonido carente de sonido, la huella del vacío que todo lo inunda.
--Gracias, Maestro Chang, por haberme dado ese conocimiento; ya que ahora que no entiendo nada, Todo lo entiendo.
--Así de simple en su complejidad -contesta finalmente el Maestro- es el camino de la Iluminación, que si somos constantes en su búsqueda, ya jamás nos abandonará.


                                             










lunes, 18 de diciembre de 2017

Cada Margarita es única. Un Cuento para Soñar en Navidad


           
... de la Red

       Paseaba plácidamente por el campo un tranquilo domingo de Diciembre. Iba sola, pues aquel día algo en su fuero interno le decía que era la mejor forma de ponerse en sintonía con aquella mágica Naturaleza. Y mientras lo hacía, con pasos lentos y medidos, todo a su alrededor quería acompañarla en su marcha. Imaginaba que la tarde le sonreía al ver su corona de luces rojas y malvas extenderse sobre las verdes colinas de los montes completamente nevados: un recuerdo lejano del año anterior que aún palpitaba pegado a sus retinas. Ese invierno había conocido a Paolo, un italiano que era compañero en la Facultad de Filosofía de su ciudad, que estudiaba allí con la ayuda de una beca Erasmus. Sí, el Mundo le parecía más pequeño que una cáscara de nuez de la que un pequeño trozo de su arrugada superficie correspondía a Europa, y de ése, una pizca mucho más pequeña a Italia. Había llegado otra vez la Navidad, pero ahora Paolo ya no estaba; quería decir físicamente a su lado, aunque su intenso recuerdo permaneciera completamente fundido con su piel. A ella nunca le pareció un amor total, pero tampoco pasajero: se querían mucho y se regalaban constantemente caricias y sobre todo lo que más le encantaba era dejarse llevar completamente cuando él aprisionaba sus pequeñas manos entre las suyas. Era atractivo, un chico físicamente casi perfecto o lo que es lo mismo, con ligeras imperfecciones que daban al conjunto de sus facciones, cara, pecho, cuerpo, brazos, piernas, una simetría que se le antojaba demasiado equilibrada para ser de verdad. Lo más parecido a un efebo, pero no a una escultura de mármol, sino a un hombre hecho de carne y hueso. Y mientras repensaba todas estas cosas, Paolo se esfumó de su mente como una mariposa en vuelo: un hálito, su inconfundible perfume de siempre ... y nada más.
        De pronto, se quedó ensimismada unos minutos, no podríamos precisar sus instantes, y de nuevo recobró su pausado andar y comenzó a tomar razón de ser en sí misma, entre las cosas y para las cosas; algo la empujaba a sentir de esa manera, impulsada seguramente por un instinto terráqueo que la enraizaba fuertemente a la Naturaleza misma: un don extraño concedido por los dioses que habitan en la fantasía de nuestra mente. ¿O tal vez eran reales y la acompañaban a distancia con objeto de que experimentara algo? No estaba muy segura de donde procedía aquella fuerza, pero su cuerpo se sentía pletórico como nunca lo había estado antes. La Naturaleza le hablaba desde muy adentro de sí y esto creyó que le decía:
          ----"Fíjate en cuantas flores silvestres tengas a tu alcance: por ejemplo, las humildes amapolas. Pareciera que todas son exactamente iguales, mirando reflejas en dirección al Sol para tomar la energía que necesitan y así crecer y alimentarse; pero no te equivoques, eso no es más que una idea preconcebida por el ser humano cuando mira, pero en modo alguno ve. Presta mucha atención, deja que tu alma se sincronice con ellas, respira a su compás, ve y oye. Y ya verás..."
        Y así lo hizo y ¡oh, maravilla de las maravillas! Los colores, las formas, los tamaños, todo se tornó al instante en un mundo diferente. Y las margaritas se movían como si estuviesen inspiradas por una energía que les permitía cambiar de fisonomía, de modo que les surgieron facciones distintas. Y pasados unos segundos, cada una de ellas había adquirido una personalidad propia: las había muy espigadas, o más gorditas, de caras amables o más serias y responsables; todas distintas y bellas al fin. Y observando y observando dirigió su mirada hacia una de ellas que le pareció especialmente singular. Y cuando lo hizo, ésta le habló:
     ---- No te extrañes de lo que ahora puedes ver. El Mundo no es exactamente como los seres humanos creéis, pues depende de qué mirada le pongamos, a través de qué cristal observemos su esencia, que es mucho más profunda de lo que podéis imaginar. Sólo a determinados seres y en determinadas circunstancias le es regalado ese don que ahora mismo tú posees. Disfrútalo porque luego has de volver a la realidad que ya conoces bien. Y seguramente pensarás: ¿qué sentido tiene todo esto? Uno sólo: que cuando regreses a tu estado habitual, extiendas este sagrado conocimiento y lo compartas con cuantos seres humanos se crucen en tu camino. Así debe ser y así ha sido siempre: un privilegio de elegidos. Y no me preguntes el porqué, pues tendría que decirte que lo desconozco.
       No podemos precisar que tiempo pasó: ¿por qué acaso en tales situaciones deberíamos hablar de la presencia del tiempo? Sea como fuere, la chica de la que no diré nombre alguno por si alguien que lea este relato desea ponerle uno, despertó a su realidad de siempre y se halló tumbada sobre una inmensa pradera de margaritas que le parecieron todas iguales Y pudo rememorar en un instante, casi infinitesimal, cuanto había vivido. Se recompuso poco a poco y siguió caminando tranquilamente. Fue entonces cuando recuperó de nuevo la imagen de su idolatrado Paolo, aquel a quien se entregaba totalmente cuando él estrechaba sus pequeñas manos entre las suyas.

      Poco más podemos añadir al respecto, ya que nunca sabremos a ciencia cierta si todo aquello que le sucedió formaba parte de la realidad o no era nada más que un producto de su fantasía.

                                        



           

jueves, 14 de diciembre de 2017

La muerte de las palabras


... de la Red


              Nadie como él sabía reconocer el ligero aleteo de aquellas palabras que iban y venían, siempre inoportunas, a visitarle cada uno de los lánguidos atardeceres del Otoño aquel. Estaba allí en su balcón, postrado en su sillón contemplando el paso de las bandadas de aves; todos los días, todas las tardes, a la misma hora, siempre con la mirada perdida en el horizonte, soñando con la posibilidad de alzar el vuelo junto a ellas, sin poder lograrlo jamás.
            Y entre las luces taciturnas del ocaso, cuando los objetos iban perdiendo poco a poco sus nítidos perfiles, dando paso al universo de la noche, una y otra vez las palabras revoloteaban inquietas alrededor de sus sienes. Querían hablarle a pesar de que su mente hiciera todo lo posible por abstraerse: una y otra vez, una y otras vez... ¿Quién era él para oponerse al ímpetu laborioso de aquellas ligeras criaturas expertas en unir las pesadas formas de la materia con el levísimo soplo de los sentimientos? Por eso, hartas ya de sus negativas, acabaron por decirle llenas de prepotencia: "Tú, no eres nadie sin nosotras. Si no nos dejas entrar dentro de ti, te consumirás en la oscuridad de la noche; te perderás de ti mismo, y cuando quieres buscarte, ya no podrás hallarte nunca".
            Pero él, que siempre había cedido a los convincentes cantos de sirena de tan petulantes y etéreos seres, ya no estaba dispuesto a hacerlo nunca más. Su alma se debatía entre la vida y la muerte, postrada y sometida por el fuerte huracán de la desidia y el abandono frente a todo lo que le rodeaba. No se reconocía a sí mismo y podía percibir siempre como de su garganta pendía una pesada piedra, cuya fuerza a duras penas lograba resistir; que lo arrastraba inevitablemente hacía un insondable abismo. Y las ardientes palabras danzaban siempre desnudas y orgiásticamente le decían al oído: "Te queremos sólo para nosotras. Somos tus dueñas y nos perteneces. No te resistas más; déjate llevar y te otorgaremos todos los placeres que en el Mundo existen" .
            Pero ninguna humana lisonja puede detener la lenta marcha hacia el fin de la savia de un árbol que poco a poco se marchita, cuando éste ya, en contra incluso de su propia naturaleza, ha decidido hacerlo.
            Y es que aquellas palabras, puestas en todas las bocas que él tanto había amado, a la luz del Mundo o en la tranquila penumbra de su Corazón, no producían en su Alma la más mínima vibración: resbalaban continuamente cuesta abajo, aunque quisieran a toda costa aferrarse a sus más bellos recuerdos. Era imposible crecer en tan estéril desierto y toda su angelical frescura se evaporaba infructuosamente al instante.
            Pero un día --nunca antes lo había confesado en voz alta--, dirigiéndose a las juguetonas palabras, por una sola vez lo hizo:

           --No os abro las puertas de mi Corazón, creedme, ni siquiera porque no quiera, sino porque al ser tan irrespirable el aire que allí pervive, si lo hiciera, moriríais en el acto. Volad, pues, y alejaos de este infierno para siempre.